El chonmage es un estilo de peinado que se ha utilizado entre hombres por cientos de años en Japón. Iniciaron como un símbolo de estatus para la aristocracia, una forma de llevar más cómodamente ornamentos para dejar claro su nivel entre la sociedad.
Con el tiempo paso de ser símbolo de nobleza a ser utilizado para reconocer a samuráis, guerreros y criados de las clases altas en Japón.
Escribo sobre los rituales, sumos y porque el llorar en publico es un acto de amor propio como ser humano (en general) y como hombre (en mi caso particular).
La serie Sanctuary se trata de las historias de hombres japoneses dentro del mundo competitivo y sin misericordia del sumo. Los adjetivos que utilizo para describir al sumo como entorno pueden ser utilizado fácilmente para describir cualquier otro entorno, actividad y, muchas veces, la forma de vivir que tenemos muchos hombres.
El dohyo es el nombre que recibe el ring donde los dos luchadores entran para tratar de ser el ultimo que quede en pie. Imponer por medio de la fuerza, de la técnica, del espíritu. La serie muestra el lado del sumo que va más alla de la fama, riquezas y reconocimientos que los luchadores pueden llegar a tener al avanzar en los rangos hasta llegar a ser Yokozuna (palabra que lleva consigo la esencia de la pureza y la fuerza).
Este es el lado más visible, entrañable y honroso del Sumo como ceremonia, disciplina y forma de vida. Lo que la serie muestra de forma escasa y en tono ligero son los momentos en que la pasión, sentido de pertenencia y forma de mantener estas tradiciones se trastornan en acoso, maltrato, abuso mental y físico y un entorno que se pueden llegar a sentir como un oasis para el hombre que busca fama, dinero, sentido de pertenencia y, mucho más que eso, no sentirse solo en un mundo donde no siente y cree que no es capaz de encontrar un lugar para el, de crear uno sitio donde pueda ser reconocido.
La serie finaliza en sus términos, lejos de lo que estamos acostumbrados en series o películas donde el bueno pelea contra el malo, donde te deja una lección de vida sacada del manual de Disney. El ser humano es un ente mucho más complejo como para poder retratarlo en una historia de 8 episodios de largo y pintarlo como un héroe o villano.
Lo que me deja la serie a mi es la reflexión sobre los rituales. En uno de los episodios de la serie vemos la ceremonia de danpatsushiki. El retiro de uno de los luchadores después de años de competir y de ver como su cuerpo no soporta el ambiente y presión que los años han ido acumulando sobre el. Esta culmina con el corte del chonmage que ha ido creciendo durante los años que el hombre ha practicado esta disciplina.
La ceremonia se celebra con las personas relevantes para el deporte y para el hombre que se retira. Oficiales, maestros, patrocinadores, compañeros de establo (escuela donde ellos entrenan, conviven y duermen cuando comienzan), la familia y personas importantes para el luchador. Cada uno de los presentes toman unas tijeras para realizar un pequeño corte y compartir con el luchador sus palabras y presencia en ese momento. El maestro del luchador es el que pasa al final y realiza el corte completo para culminar simbólicamente la carrera que inicio bajo su dojo, sus lecciones y su cuidado.
Las ceremonias me hacen sentir un tipo de conexión con el mundo que pocas cosas logran hasta este punto en mi vida. El sentimiento que me genera es un calor por dentro que sale de mi con lagrimas, por la empatía que me genera ver a un grupo de personas celebrar el esfuerzo, el dolor, la unidad y lo que un hombre pudo construir por su propia voluntad y con el apoyo de los que llamó maestro y compañeros, familia, durante años y años de su vida.
Una montaña que se levanto frente a los ojos y la mente del hombre que comenzó con sueños de gloria, de fama, de reconocimiento y de un lugar donde pertenecer.
Las ceremonias, las tradiciones son algo que me mueve profundamente. Es un momento donde la conexión entre seres humanos es palpable, visible. Recuerdo sentir el calor subir desde mi cuello hasta mis ojos en el día de muertos que pude pasar en Mérida al ver como las personas iban desfilando, adornadas con el blanco y negro para representar a la muerte, celebrarla para recordar a los que estuvieron aquí en cuerpo y que permanecen en memoria.
Los colores, las flores, los símbolos. Todos y cada uno con un significado especial como cultura, como historia viva, como un relato de antepasados que nos conecta con nuestra raíces y nos hace sentirnos parte de un todo que es mucho más grande que el uno, del yo que se nos ha inculcado como lo más importante y relevante en nuestra cultura occidental.
Es el descarte de estas tradiciones en nuestra vida diaria, la perdida de nuestras tradiciones y con ella esa separación que nos hacen caer en la desesperación, en la ira, en la tristeza de sentirnos solos en un mundo donde hacemos todo lo que nos dicen para sobresalir, para pertenecer, para encontrar esa comunión con el mundo, un mundo que siempre ha estado ahí pero que nos enseñan a tener que conquistar para sentirnos merecedores de lo que por naturaleza ya es nuestro.
Al separarnos por completo de las ceremonias, de las leyendas creadas como comunidad, comenzamos a escribir leyendas propias y de ellas nacen dioses con poderes que moldean y transforman nuestra vida.
El dios que nace de mi, de los hombres, como yo, de las leyendas que escribo desde mi separación con el mundo. Dios que crea montañas, una tras otra, montañas que se levantan frente a mi y que a su vez cargo en mi espalda. Montañas para conquistar, montañas que destrozan mi cuerpo al convertirse en el único medio para demostrar mi valía, montañas que destrozan mi espíritu al llevar a cimas que no son para mi pero que, según la leyenda, encontrare la olla oro que me dará la felicidad, la unidad, el amor que tanto me ha eludido durante mi vida.
Montañas que escalo y que muchas veces termino perdido y muchas veces claudico antes de llegar a la cima. No importa porque el dios de las montañas siempre estará ahí para crear una más, cien más, todas las que necesites hasta que un día tu cuerpo ya no pueda levantarse y este acompañe al espíritu que miles de valles, cientos de kilómetros y mucho tiempo atrás dejo de pelear una batalla interminable y se rindió.
¿Cómo puedo dejar de escribir esa leyenda, de entronar a ese dios sin misericordia que piden como tributo mi desesperanza, angustia y dolor para solo entregarme una vista desde la cima fugaz y que a su vez crea una montaña aun más alta frente a mi?
El llanto es el sentir en forma liquida. Algo que pide moverse, cambiar como es la naturaleza del agua. Al crear una presa mental para contener ese liquido crea consigo una impotencia ante la vida, una forma de ser donde siempre tienes el freno de mano listo para detenerte al sentir lo que sientes. Eso es una vida a medias, un estoy aquí pero con un pie en la puerta. Un moldear mi persona para que encaje en los lugares donde me encuentro o un hacerme más pequeño y no hacer ruido para no hacerme notar y pasar desapercibido.
El llanto alimenta a la tierra que vive dentro de nosotros. Ayuda a que nuestras ideas, sueños e ilusiones crezcan y vayan tomando forma. Ese dios en la leyenda del colectivo masculino puede encontrar redención al integrarlo con su parte femenina, con el arquetipo de la madre tierra que da su amor materno libremente.
Gaia es la que crea arboles, flores, ríos y todo lo que vive en esa montaña para que podamos disfrutar el trayecto en lugar de tener que sufrirlo.






Muy hermoso
Really beautiful thoughts & explorations here, thank you. These lines touched my heart particularly -- "El llanto es el sentir en forma liquida," y "El llanto alimenta a la tierra que vive dentro de nosotros." -- As a woman with many rivers of emotion moving in me all the time, this was a beautiful reminder of the sacredness of those waters, which I can sometimes forget!